Lejos de mostrar un alivio claro, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de febrero se ubicaría nuevamente en torno al 3%, un nivel similar al de enero y entre los más altos de los últimos meses.
En un contexto de pérdida de poder adquisitivo, salarios que corren detrás de los precios y consumo en retracción, el dato genera preocupación tanto en los analistas como en los hogares que sienten el impacto directo en cada compra cotidiana.
Distintas mediciones privadas coinciden en un piso cercano al 2,8%–3% mensual:
Equilibria estimó una inflación del 2,9%, impulsada principalmente por precios regulados (+4,8%) y alimentos y bebidas no estacionales (+3,8%).
C&T Asociados también ubicó el IPC en 2,9%, destacando subas en tarifas de luz y gas, transporte público y alimentos.
Eco Go proyectó un 3% mensual, señalando que los nuevos cuadros tarifarios siguen teniendo peso.
Libertad y Progreso midió un 2,8%, aunque habló de una leve desaceleración.
Analytica estimó un 2,8% para el nivel general.
Econviews fue la más optimista, con una proyección del 2,4%.
Más allá de las diferencias puntuales, el consenso es claro: la inflación no cede con la contundencia que el Gobierno necesita para consolidar una recuperación real del salario.
Si bien el tipo de cambio registró una caída cercana al 3,5% —la mayor baja mensual desde 2019— eso no alcanzó para compensar el impacto de:
Aumentos en tarifas de electricidad y gas.
Subas en transporte público.
Incrementos fuertes en carne, que llegó a subir casi 8% en algunas mediciones.
Ajustes en productos básicos de la canasta alimentaria.
Las consultoras advierten que bebidas y carnes, que representan cerca del 45% de la canasta de alimentos, avanzan a ritmos superiores al 5% mensual en algunos relevamientos.
Aunque algunas semanas mostraron estabilidad o incluso leves bajas en verduras, el acumulado del mes mantiene presión sobre el promedio general.
El problema no es solo el número técnico. Es el contexto.
La inflación cercana al 3% mensual se traduce en una tasa anual todavía elevada, que erosiona los ingresos fijos y complica las negociaciones paritarias. Mientras tanto, el empleo privado muestra signos de fragilidad y el consumo masivo continúa retraído.
Para los trabajadores, el dato tiene una lectura concreta: el sueldo rinde menos que hace un año, incluso cuando los indicadores oficiales hablan de estabilidad cambiaria y orden macroeconómico.
Febrero suele ser estacionalmente más tranquilo en materia inflacionaria. Sin embargo, este año los ajustes tarifarios y la inercia en alimentos impidieron una baja más marcada.
El interrogante que se abre es si el 3% mensual se convertirá en una nueva meseta difícil de perforar o si marzo traerá señales más claras de desaceleración.
Por ahora, las proyecciones privadas dibujan un escenario de alerta moderada: sin salto abrupto, pero sin alivio real.
En la calle, la percepción es más contundente. Cada visita al supermercado confirma que la inflación sigue siendo el principal factor de desgaste del poder adquisitivo.
Y mientras los números se discuten en consultoras y despachos oficiales, el dato que pesa es otro: el bolsillo no encuentra respiro.