El mensaje presidencial tuvo un tono particular: por un lado, el reconocimiento explícito de que el número “no le gustó” y que la inflación “viene subiendo desde mediados del año pasado”; por otro, una insistencia firme en que el rumbo económico es el correcto y que la tendencia se revertirá en los próximos meses.
“Hay que tener paciencia, cuando uno se desespera toma decisiones incorrectas”, fue la frase elegida por el mandatario para sintetizar su postura, en un momento donde los indicadores económicos empiezan a tensionar el discurso oficial.
El 3,4% de marzo no es un número más. Representa el valor mensual más alto en lo que va del año y marca un quiebre respecto a la relativa estabilidad que el Gobierno había logrado mostrar en el primer bimestre, cuando la inflación se mantenía por debajo del 3%.
Este salto no solo tiene impacto económico, sino también político. La administración libertaria había construido buena parte de su legitimidad en la desaceleración inflacionaria, y este dato pone en discusión esa narrativa.
Lejos de esquivar el tema, Milei decidió enfrentarlo públicamente. “Como odio la inflación y el dato no me gustó, voy a hablar de inflación”, afirmó, diferenciándose -según su visión- de la “política tradicional”.
Sin embargo, el reconocimiento no vino acompañado de anuncios concretos de corrección, sino de explicaciones técnicas: factores estacionales como Educación, el impacto del aumento del transporte, la suba de la carne y hasta el contexto internacional fueron señalados como responsables del repunte.
El Presidente insistió en que la inflación “se va a derrumbar” y que la economía retomará la senda de crecimiento. En esa línea, destacó la recuperación del crédito y una supuesta mejora en la demanda de dinero como señales positivas.
Pero el problema no parece estar en las proyecciones, sino en el presente.
El llamado a la paciencia aparece en un contexto donde amplios sectores de la sociedad enfrentan una caída sostenida del poder adquisitivo, aumento del costo de vida y mayor incertidumbre. En ese escenario, el margen social para esperar empieza a achicarse.
A eso se suma otro dato clave: el desgaste político. Distintos relevamientos vienen mostrando una caída en la imagen positiva del Presidente y una menor adhesión a su programa económico, especialmente en sectores medios y trabajadores.
El tono de Milei, enfático y confrontativo, se mantuvo sin cambios. Volvió a apuntar contra “la política” como responsable de los problemas estructurales del país y defendió la ortodoxia de su programa.
Incluso dejó una frase con fuerte carga simbólica: “Si no funciona, nos volvemos al sector privado”. Más que una señal de humildad, la declaración puede leerse como una forma de trasladar la responsabilidad del resultado exclusivamente al éxito o fracaso del modelo, sin matices.
El Gobierno apuesta a que los próximos meses muestren una desaceleración que le permita recuperar iniciativa política. Sin embargo, el dato de marzo dejó en evidencia que la inflación sigue siendo una variable difícil de domesticar, incluso con un fuerte ajuste fiscal y monetario.
En ese marco, el principal desafío no es solo económico, sino también político: sostener la credibilidad de un plan que necesita tiempo en una sociedad que, cada vez más, siente que ese tiempo se agota.
La paciencia, por ahora, sigue siendo el principal activo al que apela el Gobierno. La incógnita es cuánto más puede sostenerse.