La economía argentina volvió a encender señales de alarma. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, la actividad económica registró en febrero una caída del 2,6% respecto de enero, configurando el peor retroceso mensual desde diciembre de 2023. En términos interanuales, el descenso fue del 2,1%, consolidando un escenario de enfriamiento que ya empieza a sentirse con fuerza en la calle.
El dato surge del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), un indicador clave que anticipa el comportamiento del PBI. Pero más allá de los números, lo que preocupa es la calidad de esa caída: no se trata de un retroceso uniforme, sino de una economía cada vez más fragmentada.
Mientras sectores primarios como la pesca (+14,8%), la minería (+9,9%) y el agro (+8,4%) muestran crecimiento, los motores tradicionales del empleo urbano se desploman. La industria manufacturera cayó un fuerte 8,7% y el comercio retrocedió un 7%, dos sectores que explican buena parte del trabajo formal e informal en el país.
Este desbalance deja en evidencia un modelo que crece en actividades extractivas o concentradas, pero pierde dinamismo en aquellas que sostienen el entramado productivo y el consumo interno.
Desde el Gobierno, el ministro de Economía Luis Caputo relativizó el impacto al señalar que el mes tuvo menos días hábiles y estuvo atravesado por un paro general. Sin embargo, los números reflejan una tendencia más profunda: la caída de la actividad no es un hecho aislado, sino parte de un proceso que viene deteriorando la capacidad productiva.
En paralelo, otros indicadores refuerzan este diagnóstico. La construcción también mostró signos negativos (-0,6%), al igual que los servicios públicos como electricidad, gas y agua (-6%). Incluso áreas vinculadas al Estado, como la administración pública, registraron caídas.
En contraposición, el leve avance del 0,1% en la tendencia-ciclo no alcanza para revertir la sensación general de estancamiento.
Impacto directo en el empleo
El deterioro de la industria y el comercio no es solo un dato estadístico: se traduce en pérdida de puestos de trabajo, suspensiones y caída del poder adquisitivo. En regiones como Tierra del Fuego, donde el entramado productivo depende fuertemente de la actividad industrial, estos números generan especial preocupación.
Cada punto que cae la industria implica menos producción, menos ventas y, en muchos casos, menos empleo. A su vez, la retracción del comercio golpea el consumo, cerrando un círculo que impacta de lleno en la economía cotidiana de las familias.
Una economía que no arranca
El dato de febrero confirma lo que distintos sectores vienen advirtiendo: la economía no logra consolidar una recuperación homogénea. Por el contrario, se profundiza una dualidad donde algunos rubros crecen mientras otros, clave para el desarrollo y el empleo, siguen en retroceso.
En ese contexto, el desafío no solo pasa por estabilizar las variables macroeconómicas, sino por reactivar los sectores que generan trabajo y sostienen el mercado interno.
Porque detrás de cada índice hay una realidad concreta: menos actividad significa menos oportunidades, y eso, tarde o temprano, impacta en toda la sociedad.