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Crece el trabajo informal entre los adultos mayores - Red 23 Noticias - Tierra del Fuego

GENERALES | 24 AGO 2026

CUANDO JUBILARSE NO ALCANZA

Crece el trabajo informal entre los adultos mayores

Más de 22.000 personas mayores de 66 años se incorporaron en apenas un año a la búsqueda de ingresos laborales, mientras el trabajo desprotegido entre los adultos mayores más que se duplicó. Detrás de las estadísticas aparece una realidad que empieza a hacerse visible en las calles: jubilados que, después de una vida de trabajo, vuelven a hacer changas, ventas y tareas informales porque la jubilación ya no alcanza para sostener los gastos básicos.




La crisis económica tiene una cara que muchas veces queda escondida detrás de los grandes números: los adultos mayores que vuelven al mercado laboral después de haberse jubilado.

No lo hacen necesariamente para mantenerse activos, ocupar su tiempo o continuar desarrollando una vocación. Para una parte creciente, la vuelta al trabajo aparece como una necesidad: conseguir unos pesos adicionales para comprar alimentos, pagar medicamentos, afrontar servicios, alquileres o simplemente llegar al final del mes.

Un nuevo informe del Instituto Argentina Grande (IAG), elaborado a partir de los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, encendió una señal de alarma. Durante el primer trimestre de 2026, más de 22.000 personas mayores de 66 años se incorporaron a actividades laborales desprotegidas o a la búsqueda de trabajo respecto del mismo período del año anterior. El indicador alcanzó al 12,6% de las personas de esa edad, el nivel más alto desde 2017.

Pero hay otro dato todavía más contundente.

Trabajar después de jubilarse dejó de ser una excepción

Los registros disponibles muestran que hacia fines de 2025 había 686.160 personas mayores de 65 años trabajando en los 31 principales aglomerados urbanos del país. Representaban el 5,1% del total de ocupados y significaron un crecimiento del 32,6% respecto de 2016. La tasa de actividad de los adultos mayores llegó además al 18,9%, mientras que la tasa de empleo alcanzó el 18,1%, ambas en niveles récord de la serie.

El fenómeno adquiere una dimensión todavía más preocupante cuando se observa qué tipo de trabajo están realizando muchos de esos adultos mayores.

Durante el primer trimestre de 2026, el porcentaje de mayores de 66 años con trabajos desprotegidos llegó al 7,7%, frente al 3,8% registrado un año antes. En números absolutos, el universo pasó de aproximadamente 19.700 a 42.000 personas.

Es decir: no solamente hay más adultos mayores trabajando. También crece la precariedad laboral entre quienes deberían estar atravesando una etapa de descanso después de décadas de trabajo.

Una jubilación que no alcanza

El problema aparece con claridad cuando se compara el ingreso previsional con el costo de vida.

Para agosto de 2026, el haber mínimo del sistema previsional quedó establecido en $419.776, mientras que el bono extraordinario alcanza los $70.000, llevando el ingreso mínimo con bono a $489.776. El haber medio del sistema, en tanto, se ubica en $740.158.

Mientras tanto, la canasta básica continúa creciendo. El INDEC informó que en mayo la Canasta Básica Total aumentó 2% mensual y acumuló una suba interanual del 34,9%.

Y la situación de los adultos mayores tiene además gastos específicos que muchas veces no aparecen reflejados en una mirada general de la economía: medicamentos, tratamientos, consultas médicas, alimentación especial, transporte y servicios.

Por eso, para muchos jubilados, la cuenta dejó de ser una cuestión de administrar mejor el dinero.

Simplemente, el dinero no alcanza.

La generación que trabajó toda su vida vuelve a buscar una changa

Detrás del porcentaje hay historias concretas.

Son jubilados que venden productos, realizan reparaciones, hacen trabajos de mantenimiento, cocinan para vender, cuidan personas, realizan tareas domésticas, hacen pequeños emprendimientos o buscan cualquier actividad que les permita sumar algunos pesos.

En muchos casos se trata de economías informales y trabajos sin protección, justamente en una etapa de la vida en la que deberían contar con mayor seguridad económica.

La situación también golpea a las familias.

Durante años, el sostén económico de los adultos mayores fue complementado muchas veces por los hijos. Pero esa posibilidad también se está debilitando: cuando los trabajadores activos tampoco llegan a fin de mes, ayudar económicamente a padres o abuelos se vuelve cada vez más difícil.

Así, la crisis se transforma en una cadena.

El jubilado necesita ayuda, pero sus hijos tampoco pueden sostenerlo. Entonces aparece una salida que parecía impensada: volver a trabajar.

El dato que revela una crisis más profunda

Los números del INDEC muestran además que, durante el segundo semestre de 2025, el 9,7% de las personas de 65 años o más se encontraba por debajo de la línea de pobreza.

Aunque la incidencia de pobreza entre los adultos mayores continúa siendo inferior a la de otros grupos etarios, el dato no permite ignorar una realidad: casi uno de cada diez mayores de 65 años relevados estaba en situación de pobreza.

Y el crecimiento de la participación laboral de los mayores agrega otra señal.

Porque cuando una persona se jubila y decide continuar trabajando porque quiere hacerlo, estamos ante una elección.

Pero cuando una persona necesita seguir trabajando porque su ingreso previsional no alcanza para comer, pagar los servicios o comprar los medicamentos, estamos ante otra cosa.

Estamos ante una falla en la capacidad de garantizar una vejez digna.

La otra cara de la recuperación económica

Los datos también obligan a mirar más allá de los indicadores macroeconómicos.

Una economía puede mostrar determinados números positivos y, al mismo tiempo, tener familias que reducen consumos, trabajadores que pierden poder adquisitivo y jubilados que salen nuevamente a buscar una changa.

La verdadera pregunta es qué ocurre con la vida cotidiana de quienes dependen de un ingreso fijo.

Para los adultos mayores, recuperar ingresos no significa solamente tener más dinero disponible. Significa poder comprar los medicamentos indicados por un médico, mantener una alimentación adecuada, calefaccionar la vivienda, pagar la luz, trasladarse, acceder a controles de salud y conservar una mínima autonomía.

Cuando esas necesidades básicas comienzan a depender de una changa, de una venta informal o de la ayuda ocasional de un familiar, la jubilación deja de cumplir plenamente su función de protección social.

Y ese es quizás el dato más duro que deja este nuevo escenario.

Hay argentinos que trabajaron durante décadas para llegar a la jubilación y ahora deben volver a trabajar para poder vivir de ella.

La imagen de un abuelo buscando una changa para completar el ingreso mensual no debería convertirse en una postal habitual de la Argentina.

Porque detrás de cada uno de esos trabajadores mayores no hay solamente una estadística.

Hay una vida de trabajo que todavía no alcanza.