La inflación volvió a mostrar una desaceleración durante agosto y registró el 1,7%, según informó este jueves el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). El resultado representa una baja de seis décimas respecto del 2,1% registrado en julio y se convirtió en el menor índice mensual de los últimos 14 meses.
Sin embargo, el dato requiere una lectura más amplia. La desaceleración significa que los precios aumentaron a un ritmo menor que el mes anterior, no que hayan bajado. De hecho, el nivel general de precios acumula un incremento del 21,3% desde diciembre de 2025 y del 33,5% en la comparación interanual.
El comportamiento de los distintos rubros mostró diferencias importantes.
La división que más aumentó durante agosto fue Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con una suba del 2,8%. En segundo lugar se ubicó Educación, que avanzó 2,5%.
También tuvieron incidencia los precios regulados, que aumentaron 2,2% durante el mes, impulsados principalmente por electricidad, gas, transporte público y gastos de prepagas.
En el otro extremo, algunas categorías tuvieron una evolución mucho más moderada. Recreación y cultura no registró variación, mientras que Prendas de vestir y calzado cayó 0,6% durante agosto.
Uno de los elementos centrales para comprender el 1,7% es el comportamiento de los precios estacionales.
Según el informe difundido, esta categoría registró una caída del 0,9%, principalmente por la baja en paquetes turísticos y prendas de vestir, aunque esa disminución fue parcialmente compensada por aumentos en verduras, tubérculos, legumbres y frutas.
La inflación núcleo, que excluye los componentes regulados y estacionales y permite observar con mayor claridad la tendencia de fondo, se ubicó en 1,8%.
Esto significa que, aun con la desaceleración del índice general, la dinámica de los precios que no depende de factores estacionales todavía se mantiene por encima del nivel general de inflación.
Aunque no fue la división con mayor incremento mensual a nivel nacional, Alimentos y bebidas no alcohólicas tuvo una incidencia importante en todas las regiones, impulsada principalmente por los aumentos registrados en verduras, tubérculos y legumbres, frutas, pan y cereales.
Es precisamente en este punto donde el número general de inflación debe ser leído con cuidado: el 1,7% representa un promedio nacional de una canasta de bienes y servicios, pero el impacto concreto sobre cada familia depende de cómo distribuye sus ingresos y cuáles son sus principales gastos.
Para un hogar que destina una parte importante de sus ingresos a alimentos, alquiler, servicios, transporte o educación, la sensación de aumento del costo de vida puede ser considerablemente mayor que la que refleja el promedio general.
Con el dato de agosto, la inflación acumulada durante los primeros ocho meses de 2026 llegó al 21,3%.
En la comparación interanual, es decir, frente a agosto de 2025, el aumento alcanzó el 33,5%.
El dato confirma que la economía transita un escenario de menor velocidad de aumento de los precios, aunque todavía con incrementos significativos en sectores esenciales.
La diferencia es importante: una inflación más baja implica que los precios aumentan más lentamente, pero no recupera automáticamente el poder adquisitivo perdido durante los períodos anteriores de inflación.
Con la inflación mensual nuevamente por debajo del 2%, una de las principales preguntas económicas pasa a ser cuánto de esa desaceleración logra trasladarse al poder de compra de los hogares.
Para que la mejora sea perceptible en la vida cotidiana, no alcanza únicamente con que el índice de precios baje. También resulta determinante la evolución de salarios, jubilaciones, tarifas, alquileres, alimentos, transporte y otros gastos habituales.
El dato de agosto ofrece así una señal favorable para el proceso de desaceleración inflacionaria, pero también deja expuestas las áreas donde el costo de vida continúa avanzando con mayor fuerza.
La inflación bajó, pero los precios no dejaron de subir. El desafío económico que queda por delante será conseguir que la desaceleración se sostenga y, al mismo tiempo, que esa mejora pueda traducirse progresivamente en una recuperación del poder adquisitivo de las familias.