Luiz Inácio Lula da Silva consiguió una remontada histórica en Brasil, derrotó a Flávio Bolsonaro en el balotaje y alcanzó un cuarto mandato presidencial. Pero la elección dejó además otra discusión instalada: el enorme peso que alcanzaron las redes sociales, los algoritmos y la inteligencia artificial sobre las campañas electorales.
Lula había terminado segundo en la primera vuelta, pero logró revertir el resultado y quedarse con alrededor del 51,8% de los votos frente al 48,2% de Bolsonaro. La remontada estuvo acompañada por un fuerte cambio en la estrategia de campaña, con una presencia mucho más intensa del oficialismo en redes sociales, WhatsApp y contenidos digitales.
La discusión fue más allá de la comunicación política. Durante la campaña, el equipo de Lula llevó ante el Tribunal Superior Electoral cuestionamientos sobre el funcionamiento de herramientas de Meta y denunció una presunta desigualdad en el tratamiento algorítmico de las candidaturas. La empresa negó cualquier favoritismo y la Justicia Electoral intervino para exigir igualdad de condiciones.
Brasil ya había endurecido para estas elecciones las reglas aplicables a plataformas como Meta, Google, TikTok y X, incorporando además controles sobre inteligencia artificial, deepfakes y mecanismos de recomendación de contenidos políticos.
El tema ahora podría avanzar todavía más. El programa presentado por Lula contempla impulsar durante su próximo mandato una regulación de las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial, con el objetivo declarado de combatir la desinformación y aumentar la transparencia sin afectar la libertad de expresión.
La discusión que deja la elección brasileña excede entonces a Lula y Bolsonaro. El verdadero interrogante es cuánto poder pueden tener empresas privadas y algoritmos sobre aquello que millones de ciudadanos ven antes de decidir su voto.
Lula ganó la elección y gobernará Brasil nuevamente. Pero después de una campaña atravesada por redes, influencers, inteligencia artificial y disputas sobre los algoritmos, Brasil también comenzó a discutir quién controla las nuevas herramientas capaces de influir sobre la democracia.