Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta, incluso por encima de Arabia Saudita, Rusia y Estados Unidos. Según datos del Oil & Gas Journal, el país caribeño concentra alrededor del 17% de las reservas mundiales conocidas, lo que equivale a más de 300.000 millones de barriles potencialmente extraíbles. Sin embargo, esa enorme riqueza contrasta con una realidad paradójica: hoy Venezuela apenas produce y comercializa cerca del 1% del petróleo que consume el mundo.
Tras la captura de Maduro, Trump afirmó que Estados Unidos gobernará una transición en Venezuela, sin reconocer por ahora autoridades locales. Analistas internacionales coinciden en que esa transición tendría como eje central la reactivación y control de la industria petrolera, un sector devastado por años de mala gestión, falta de inversiones, sanciones internacionales y enormes dificultades técnicas para la extracción del crudo extrapesado venezolano.
El dato no es menor si se lo compara con la posición de Washington: Estados Unidos es actualmente el mayor productor de petróleo del mundo, pero cuenta con reservas probadas estimadas en unos 81.000 millones de barriles, muy por debajo del potencial venezolano. Esa diferencia explica el interés estratégico que históricamente tuvo el crudo de Venezuela para la seguridad energética estadounidense.
Durante décadas, Estados Unidos fue el principal comprador del petróleo venezolano. Ese vínculo se rompió en 2019, cuando el primer gobierno de Trump impuso sanciones a Petróleos de Venezuela (PDVSA). Recién en 2023 se reanudaron parcialmente los envíos, aunque en volúmenes reducidos. Hoy, la mayor parte del crudo venezolano se dirige a China, que se consolidó como su principal socio energético.
Pese a ese escenario adverso, algunas petroleras occidentales mantuvieron su presencia en el país. Entre ellas se destacan Chevron, la segunda mayor empresa petrolera de Estados Unidos, junto a la italiana Eni y la española Repsol. Estas compañías apostaron a largo plazo, incluso en un contexto de alta inestabilidad política y económica.
Chevron es el actor más relevante: lleva más de un siglo operando en Venezuela y actualmente produce cerca de una cuarta parte del petróleo del país. Sus operaciones funcionaron como un salvavidas financiero para el Estado venezolano y permitieron que parte del crudo siga llegando a las refinerías de la costa del Golfo de Estados Unidos, donde se transforma en gasolina y gasoil.
“Jugamos a largo plazo”, afirmó semanas atrás Mike Wirth, director ejecutivo de Chevron, durante un evento en Washington. Allí dejó una definición clave: la empresa espera participar activamente en la reconstrucción de la economía venezolana cuando cambien las circunstancias políticas, una frase que hoy cobra un nuevo y contundente significado.
La detención de Maduro y el anuncio de una administración transitoria bajo control estadounidense reconfiguran así un escenario de enorme alcance. Si Venezuela logra recuperar capacidad productiva con inversiones masivas y respaldo político internacional, el flujo de petróleo podría alterar precios, alianzas y equilibrios energéticos a escala global.
En definitiva, lo ocurrido no es solo un episodio político extraordinario. Es un movimiento estratégico que vuelve a colocar a Venezuela en el centro del tablero mundial y que podría redefinir, en los próximos años, quién controla la energía y el poder en el siglo XXI.