Durante meses, la familia denunció lo que todos saben y el poder niega: OSEF no funciona. No paga a tiempo, corta prestaciones, fuerza cambios de hospital en pleno tratamiento oncológico y convierte cada trámite en una carrera contra el reloj que casi siempre gana la muerte. Esta vez ganó.
La droga estaba indicada con urgencia médica. Estaba autorizada. No se entregó porque OSEF no actualizó pagos. El Estado provincial lo sabía. El Gobierno miró para otro lado. El parche volvió a fallar. Y cuando el parche falla en oncología, el resultado es irreversible.
El caso desnuda el modelo sanitario fueguino: improvisación permanente, relato, comunicados y cero gestión real. OSEF es una obra social quebrada de hecho, sostenida con remiendos políticos, anuncios vacíos y funcionarios que nunca ponen el cuerpo. Los afiliados sí. Ulloa lo puso hasta el final.
La responsabilidad es política y directa. El Gobierno de Gustavo Melella reconoce la crisis, pero gobierna con atajos: prórrogas, convenios precarios, pagos tardíos, promesas. Todo parche. Nada estructural. Nada funciona. Y cuando nada funciona, la salud se convierte en ruleta rusa.
No hubo respuesta a tiempo. No hubo prioridad. No hubo humanidad. Hubo abandono. La obra social del Estado fueguino volvió a demostrar que no cuida: expulsa, demora, bloquea. El Gobierno provincial volvió a demostrar que administra la emergencia como si fuera normalidad.
La muerte de Oscar Mauricio Ulloa no es un caso aislado. Es la consecuencia lógica de un sistema roto que el poder se niega a arreglar. OSEF mata con la burocracia. El Gobierno mata con la desidia. Y después llegan los comunicados.
Hoy no alcanza con condolencias. Alguien tiene que hacerse cargo. Porque cuando una medicación no llega y el paciente muere, no es un trámite. Es responsabilidad del Estado. Y este Estado eligió parchar. Eligió no funcionar. Eligió llegar tarde.