domingo 11 de enero de 2026 - Edición Nº2594

Generales | 10 ene 2026

El tablero global

Groenlandia: El juego estilo T.E.G. de Donald Trump

En un mundo atravesado por tensiones crecientes, disputas por recursos estratégicos y un reordenamiento del poder global, Donald Trump volvió a sacudir la escena internacional con una ofensiva tan insólita como peligrosa: insistir en la posibilidad de apropiarse de Groenlandia, la isla más grande del planeta y territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca.


Lejos de tratarse de una excentricidad pasajera, las declaraciones del presidente de Estados Unidos fueron acompañadas por definiciones oficiales de la Casa Blanca que confirmaron que la opción de comprar la isla está siendo “activamente debatida”, sin descartar —al menos en el plano discursivo— el uso de la fuerza. La reacción no tardó en llegar: indignación en Dinamarca, rechazo absoluto en Groenlandia y alarma entre los aliados europeos de Washington.

Trump fundamenta su interés en razones estratégicas. Groenlandia ocupa un lugar clave en el Ártico, una región cada vez más codiciada por Estados Unidos, Rusia y China debido a la apertura de nuevas rutas marítimas, su potencial energético y la presencia de minerales críticos. Desde la lógica del mandatario estadounidense, controlar ese territorio sería una pieza clave para “disuadir” a sus competidores globales.

Sin embargo, el problema no es solo el objetivo, sino la forma. Trump se negó reiteradamente a descartar una toma forzosa de la isla, una postura que rompe con décadas de diplomacia occidental y pone en jaque el equilibrio interno de la OTAN. Una acción militar contra Groenlandia implicaría, en los hechos, una agresión contra un socio histórico de la alianza atlántica.

Desde la Casa Blanca, la secretaria de prensa Karoline Leavitt intentó bajar el tono al asegurar que “la primera opción siempre es la diplomacia”, aunque aclaró que “todas las opciones están sobre la mesa”. Un mensaje ambiguo que, lejos de tranquilizar, profundizó la incertidumbre.

El secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó que se reunirá con autoridades danesas y con representantes del gobierno groenlandés. Aun así, evitó desautorizar el objetivo central de Trump. “Preferimos resolver las cosas de distintas maneras”, dijo, incluso al ser consultado sobre el riesgo de poner en peligro a la OTAN. La frase dejó más preguntas que certezas.

Desde Groenlandia, la respuesta fue categórica. “Nada sobre Groenlandia sin Groenlandia”, advirtió la ministra de Asuntos Exteriores, Vivian Motzfeldt, dejando en claro que la isla no aceptará decisiones impuestas desde Washington ni desde Copenhague. El rechazo no es solo político: la población local ve la ofensiva estadounidense como una amenaza directa a su autonomía y a su identidad.

En Europa, las señales de preocupación se multiplican. Francia y Alemania comenzaron a coordinar una respuesta conjunta, mientras Dinamarca reiteró que el territorio no está en venta y que cualquier intento de anexión sería inaceptable. Aunque públicamente se apela a la diplomacia, puertas adentro crece el temor a que Trump esté dispuesto a romper consensos históricos.

La analogía con un juego de T.E.G. no es casual. Trump parece moverse como si el mapa del mundo fuera un tablero donde las potencias avanzan casilleros para ganar territorios, recursos y posiciones estratégicas. Pero la realidad es mucho más compleja que un juego de mesa: detrás de cada movimiento hay pueblos, tratados internacionales y equilibrios que, si se rompen, pueden derivar en conflictos de gran escala.

La ofensiva sobre Groenlandia expone, una vez más, una concepción del poder basada en la fuerza y la imposición, en un contexto global ya saturado de tensiones. El interrogante que queda abierto no es solo qué pasará con la isla, sino hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos bajo el liderazgo de Trump, y cuánto está dispuesto el mundo a tolerarlo.

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