sábado 17 de enero de 2026 - Edición Nº2600

Generales | 17 ene 2026

HISTORIAS DESDE ADENTRO

La noche buena que no es buena para todos

18:50 |Para la mayoría, la Navidad se asocia con mesas largas, regalos envueltos, familias reunidas y luces encendidas. Pero ¿qué sucede cuando nada de eso existe? ¿Puede seguir llamándose Navidad cuando faltan el hogar, la libertad o los abrazos más esperados?


Por: Darío López

La Navidad suele funcionar como una fábrica de esperanza, material o espiritual. Es una promesa de algo bueno por venir, una noticia que se recibe de manera distinta según el contexto, las personas que rodean a cada uno y el estado de ánimo con el que se atraviesa el momento. Para algunos resulta sencilla; para otros, difícil; y para muchos, profundamente agotadora.

En Río Grande, una imagen reciente lo expuso con crudeza y realidad: una familia en situación de calle viviendo debajo de un puente, durmiendo a la intemperie. Tal vez escenas así resulten habituales en otras ciudades del país, pero no en esta. Pensar en la Navidad desde ese lugar obliga a preguntarse si realmente todos tienen algo para celebrar.

En la tradición cristiana, la Navidad simboliza el nacimiento de Jesús y, con él, la posibilidad de renacer, de cambiar y de comenzar de nuevo. Representa la llegada de la paz y el amor a vidas llenas —y a la vez vacías— de cosas materiales. Porque lo eterno no es lo que se ve, sino lo que se siente. Tal vez por eso, a veces, la comida no llena, los regalos no ocupan el vacío y ciertos dolores no se disipan con ninguna celebración.

La invitación es a reflexionar: un abrazo puede reconfortar más que un asado, una palabra puede valer más que un billete, y cada gesto solidario puede convertirse en una forma silenciosa de celebrar el nacimiento del amor en el corazón.

La comparación se vuelve más incómoda cuando la Navidad se mira desde el encierro. ¿Qué haría una persona si supiera que nunca más podrá pasar una Nochebuena o un Año Nuevo con su familia? ¿Cómo se sobrevive sabiendo que cada día se pierde un poco, que la vida se consume lentamente, y que incluso las acciones más básicas —comer, dormir, bañarse, caminar— dependen de decisiones ajenas?

Para quienes están presos, la ausencia se multiplica. No estar en los cumpleaños de los hijos, no acompañarlos en la escuela, no verlos crecer ni celebrar sus logros. No asistir a una graduación, a un partido importante, a la presentación de una pareja. Son ausencias que no figuran en ninguna sentencia, pero que pesan tanto como la condena misma.

Para algunos, ese momento llega de golpe. Una caminata, una promesa ajena de que “todo va a salir bien”, y luego una palabra que quiebra la vida en dos: culpable. Ese día, muchos sienten que algo muere por dentro.

Hay experiencias capaces de hacer perder la razón, salvo que ya no quede ninguna a la cual aferrarse.

En medio de los muros, algunos golpean simbólicamente esas largas filas de ladrillos hasta que aparecen pequeñas grietas. Por allí se filtran el tiempo, los intentos, las oportunidades escasas de asistir a talleres o propuestas educativas. Durante unas horas, se ensaya otro rol: el de estudiante. No para negar lo que hicieron, sino para recordar que siguen siendo personas.

La cárcel es, para muchos, una prueba de resistencia. Una carrera contra el tiempo cuya única meta es recuperar una libertad que parece cada vez más lejana. Y aun así, incluso cuando llega ese día, la sociedad rara vez está preparada para recibirlos.

El estigma del ex convicto suele ser tan implacable como la condena. La prisión, en el fin del mundo, expone la distancia entre lo que el sistema promete —rehabilitación, reinserción— y lo que efectivamente ofrece: aislamiento, olvido y una libertad que, para muchos, termina siendo apenas una memoria lejana.

Tal vez la pregunta no sea si se puede celebrar la Navidad estando preso, sino qué dice de una sociedad la forma en que mira —o decide no mirar— a quienes la atraviesan desde el encierro.

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