Ubicado en el macizo Alvear, este cuerpo de hielo pasó de tener más de 2 kilómetros de extensión a comienzos del siglo XX a poco más de la mitad en la actualidad. Las investigaciones recientes confirman que la velocidad de derretimiento se aceleró de manera significativa desde la década de 1970, en línea con el aumento sostenido de las temperaturas medias y la mayor concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.
Los científicos son claros: aun si hoy se detuviera el calentamiento global, la masa glaciar restante no lograría recuperarse. La pérdida acumulada alteró de manera estructural su equilibrio. En otras palabras, el Glaciar Alvear tiene sus días contados.
El principal factor detrás del colapso es el cambio climático de origen antrópico. La quema de combustibles fósiles, la deforestación, la expansión de actividades industriales sin planificación ambiental y un modelo de consumo intensivo aceleraron un proceso que, en condiciones naturales, hubiera demorado siglos.
En la Patagonia, además, el aumento de temperatura promedio es superior al de otras regiones del país. La modificación de los regímenes de precipitación —menos nieve, más lluvia— reduce la capacidad de regeneración del hielo en invierno, mientras que los veranos más cálidos intensifican el deshielo.
La desaparición del Glaciar Alvear no es solo un cambio paisajístico. Las implicancias son profundas:
Menor reserva de agua dulce: Los glaciares funcionan como reguladores naturales del recurso hídrico. Su reducción compromete la disponibilidad futura.
Alteración de ecosistemas: Cambian caudales, temperaturas del agua y hábitats de especies adaptadas a ambientes fríos.
Impacto turístico y económico: La pérdida de atractivos naturales repercute en economías regionales.
Señal de alerta global: Lo que ocurre en Tierra del Fuego es parte de un patrón mundial de retracción glaciar.
El caso del Alvear es paradigmático porque evidencia que el fenómeno ya no es una proyección a largo plazo: es una realidad concreta y mensurable.
La Patagonia fue históricamente símbolo de naturaleza prístina y equilibrio ambiental. Hoy se convierte en uno de los escenarios más visibles de la crisis climática. El retroceso del Glaciar Alvear, con un 80% de pérdida, interpela políticas públicas, modelos productivos y hábitos de consumo.
El hielo que desaparece no vuelve. Y cada hectárea perdida es una confirmación de que el tiempo para actuar se acorta.
La pregunta ya no es si el cambio climático es real. La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a perder antes de cambiar el rumbo.