El secretario de Agricultura, Sergio Iraeta, fue el primer funcionario en abordar públicamente el tema y sostuvo que Argentina arrastra desde hace más de 20 años un estancamiento en la cantidad de cabezas de ganado. Según explicó, las intervenciones estatales aplicadas en distintos períodos —como cierres o cupos a la exportación y controles de precios— habrían desalentado la inversión en el sector.
“El problema es de oferta. Si no aumenta el stock, no puede aumentar la producción”, planteó el funcionario, quien vinculó el fenómeno con decisiones tomadas en anteriores gestiones peronistas. Desde esa perspectiva, la suba actual sería consecuencia de un “cuello de botella” que comenzó a gestarse tiempo atrás y que ahora impacta en los mostradores.
De acuerdo con datos oficiales, en enero la carne aumentó 4,9% mensual, por encima de la inflación general del 2,9%. En términos interanuales, el incremento alcanzó el 73,4%, ubicándose muy por encima del promedio de precios.
Desde el Ejecutivo remarcan que el volumen exportado en el último año fue incluso menor al del período anterior, por lo que descartan que las ventas externas expliquen la presión actual sobre los precios internos. La clave, insisten, está en la falta de previsibilidad que habría afectado la inversión ganadera durante años.
El Gobierno sostiene que la solución pasa por garantizar reglas estables y “no intervención”, para que los productores vuelvan a apostar a la cría y retención de vientres. Sin embargo, reconocen que el proceso no es inmediato: el ciclo productivo bovino requiere entre dos y tres años para traducirse en mayor oferta.
Mientras tanto, el impacto ya se siente en el consumo. Aunque desde Agricultura aseguran que “la gente está comprando asado” y que el nivel de consumo de proteína animal en Argentina sigue siendo alto en comparación internacional, los aumentos vuelven a golpear el bolsillo en un contexto de ingresos aún en recuperación.
La discusión queda abierta: para el Gobierno, el problema es estructural y heredado; para sectores críticos, el mercado no logra desacoplarse de la dinámica inflacionaria general. Lo concreto es que, una vez más, la carne —producto emblemático de la mesa argentina— vuelve a convertirse en termómetro de la economía.