martes 07 de abril de 2026 - Edición Nº2680

Generales | 7 abr 2026

Del sur del mundo al espacio profundo:

Tierra del Fuego clave en la misión ATENEA

14:56 |La misión del satélite argentino ATENEA ya dejó una marca en la historia espacial del país. Integrado como carga secundaria en Artemis II, el microsatélite de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) cumplió con éxito su objetivo de validar tecnología nacional en condiciones de espacio profundo, pero además dejó en evidencia un dato estratégico: Tierra del Fuego tuvo un papel central en el seguimiento de la misión y en la recepción de las primeras señales.


En diálogo con FM Centro, el ingeniero Juan Pablo Cuesta González, líder del proyecto ATENEA en la CONAE, confirmó que el satélite comenzó a transmitir apenas fue desplegado. “Pudimos recibir muy rápidamente al satélite”, señaló al recordar las primeras horas de la operación. El despliegue se produjo pocos minutos después de la separación controlada desde la segunda etapa del cohete, en una maniobra previamente acordada con la NASA. Según explicó, “dos minutos después de eso, exactamente, que era un tiempo de seguridad que estaba acordado con NASA, se encendieron los transmisores de nuestro satélite y empezamos a recibirlo inmediatamente”.

Ese primer contacto tuvo un fuerte anclaje fueguino. Cuesta González contó que se encontraba en la estación terrena de la CONAE en Tolhuin cuando comenzaron a llegar los datos del satélite. Desde allí, junto con las estaciones de Córdoba y del Instituto Argentino de Radioastronomía en La Plata, se realizó el seguimiento de ATENEA durante su operación. Sin embargo, fue la base fueguina la que mostró el mejor desempeño durante la recepción. “La mejor de todas fue la de Tierra del Fuego, que fue la que lo vio por más tiempo, con un tema de ubicación”, remarcó.

La explicación está en la geografía. La ubicación austral convierte a Tierra del Fuego en una posición privilegiada para el seguimiento satelital, especialmente por su cercanía relativa a las trayectorias polares. “Es un lugar interesante para lo que es recepción de datos”, explicó el ingeniero, al destacar que muchas estaciones clave del planeta están emplazadas cerca de los polos. En ese sentido, aseguró que la estación fueguina “es una estación muy potente y muy útil para misiones argentinas y de todo el mundo”.

ATENEA fue concebido como una misión de demostración tecnológica. No se trató de un satélite diseñado para permanecer años en órbita, sino de un desarrollo enfocado en probar sistemas concretos, obtener datos y completar una secuencia de validación en muy corto tiempo. “No es tanto una misión científica, sino tecnológica”, explicó Cuesta González. En esa línea, comparó el propósito de ATENEA con el de la propia Artemis II: “De eso incluso también se trata Artemis II en general. Es una demostración tecnológica. Los astronautas no están alunizando, están probando tecnología. Básicamente, lo mismo hicimos nosotros desde Argentina con ATENEA”.

Durante su breve pero intensa operación, el CubeSat funcionó durante unas 20 horas en espacio profundo, superó los 70.000 kilómetros de distancia y transmitió telemetría a estaciones argentinas. También permitió poner a prueba componentes electrónicos en entornos de alta radiación, enlaces de comunicación de largo alcance y sistemas de navegación en una condición inédita para el país: operar por encima de las constelaciones de posicionamiento habituales.

Uno de los aspectos más innovadores fue precisamente el ensayo del receptor GNSS. Cuesta González detalló que se buscó usar esa tecnología “de una manera diferente a lo usual”. Y explicó: “Normalmente uno lo usa desde su teléfono, desde donde sea, en la Tierra. En este caso, nosotros estábamos por arriba de esos satélites”. Esa experiencia, añadió, puede servir a futuro para abaratar y facilitar transferencias hacia órbitas más altas, como las geoestacionarias.

El proyecto también se inscribe en un cambio de paradigma dentro del sector espacial, el del llamado “nuevo espacio”, donde se promueven desarrollos más ágiles, de menor costo y con mayor participación de actores privados, universidades y startups. “Se está atendiendo a hacer equipos donde las soluciones pasan por otro lado, con electrónica que es más barata y, a su vez, en muchos casos, más potente”, sostuvo. Para el ingeniero, este modelo permite acelerar procesos, asumir riesgos controlados y generar una base tecnológica con potencial exportador. “Lo que hay que capitalizar” de esta experiencia, afirmó, es justamente haber demostrado que la tecnología nacional “puede funcionar”.

La participación argentina en Artemis II, además, no fue producto de una competencia abierta, sino de una invitación formal de la NASA a la agencia espacial nacional. “Hubo una invitación por parte de NASA a la Argentina, a la Agencia Espacial Argentina”, precisó Cuesta González. A partir de ese llamado, la CONAE articuló con universidades, organismos científicos y nuevos actores del ecosistema tecnológico para dar forma a la propuesta que luego fue aceptada.

Esa aceptación abrió una carrera contrarreloj. El equipo tuvo apenas un año y medio para diseñar, integrar, ensayar y certificar un satélite apto para compartir misión con una tripulación humana. “Estuvimos trabajando un año y medio hasta que lo entregamos, muy intenso”, recordó. Incluso, reveló que en la recta final hubo una videoconferencia con autoridades de la NASA para obtener un pequeño margen adicional. “Nos dio unos poquitos días más, dos semanas, porque estábamos que no llegábamos”, relató.

La misión de ATENEA ya concluyó. Tras completar la secuencia prevista, el satélite cayó junto a parte de la estructura asociada al despliegue y se desintegró al reingresar. “Atenea ya terminó”, dijo el ingeniero. “Los datos ya los recabamos y ahora lo que nos queda es procesarlo y entender todo lo que podamos”. Lejos de representar un final, esa fase abre ahora el trabajo más fino: el análisis de la información reunida para evaluar el rendimiento de los sistemas y traducir la experiencia en nuevos desarrollos.

El balance es claramente positivo. Cuesta González definió a la participación argentina como “un muy buen primer paso” dentro de un escenario internacional en el que la NASA busca establecer una presencia permanente en la Luna y preparar el camino hacia futuras misiones a Marte. “Ahora es para quedarse”, dijo sobre el programa Artemis. “Poder tener gente de manera permanente en la Luna y de ahí también llegar a Marte”.

En ese marco, ATENEA no solo significó una validación tecnológica, sino también una señal de posicionamiento. El proyecto puso a la Argentina dentro de una misión internacional de alta exigencia y mostró que el país puede aportar desarrollos propios en un ámbito cada vez más competitivo. Para Cuesta González, el punto de partida no es menor: “Argentina ya viene siendo desde hace unos cuantos años una potencia en lo que es Latinoamérica, es el país más avanzado en el sector espacial, y ATENEA viene un poco a reforzar eso”.

Desde Tolhuin, en el extremo sur del país, una estación terrena fue parte del puente que conectó a la Argentina con el espacio profundo. Allí, donde llegaron algunas de las primeras señales del satélite, también quedó simbolizado el lugar que Tierra del Fuego ocupa en esta nueva etapa de la actividad espacial nacional: una puerta de entrada a la tecnología del futuro.

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