La iniciativa fue impulsada por Alejandro Diego, veterano de la guerra de 1982, quien expuso su proyecto en la Universidad de Manchester durante una conferencia internacional sobre el conflicto del Atlántico Sur. Que fue publicada en InfoBae.
Pero más allá de lo diplomático, la propuesta golpea especialmente en Tierra del Fuego, una provincia donde la cuestión Malvinas no es apenas un tema de política exterior: es identidad, memoria, soberanía y sentimiento colectivo.
La idea de Diego plantea que las Islas Malvinas se conviertan en una especie de provincia autónoma bajo un esquema de soberanía compartida entre Argentina y Reino Unido.
Según explicó, los isleños mantendrían su idioma, moneda y estilo de vida, pero tendrían representación parlamentaria en Argentina con diputados y senadores propios. Además, propone que Estados Unidos actúe como mediador internacional para acercar posiciones entre ambos países.
El excombatiente parte de una frase que resume su mirada crítica sobre casi dos siglos de reclamo diplomático argentino:
“En 193 años de buscar el todo, no tenemos nada”.
La declaración generó impacto inmediato porque cuestiona uno de los pilares históricos del discurso soberano argentino: el reclamo integral e irrenunciable sobre las islas.

En Tierra del Fuego hablar de Malvinas no es una discusión académica. La provincia lleva en su propio nombre institucional a las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. Aquí viven veteranos, familiares de caídos y generaciones enteras atravesadas por la memoria de la guerra.
Por eso, cualquier planteo que implique compartir soberanía o reconocer autonomía política a los isleños inevitablemente genera tensiones profundas.
Durante décadas, la postura argentina sostuvo que el principio de autodeterminación de los habitantes de las islas no resulta aplicable porque se trata de una población implantada tras la ocupación británica de 1833. Esa posición fue ratificada históricamente en Naciones Unidas y continúa siendo la base del reclamo diplomático argentino.
La propuesta de Diego rompe parcialmente con esa lógica tradicional al reconocer que los isleños “merecen seguir estando” y que cualquier solución debe contemplar sus intereses y forma de vida.
El planteo del veterano nace desde una experiencia profundamente humana y dolorosa. Diego contó que comenzó a replantearse el conflicto después de regresar años más tarde a las islas y enfrentarse nuevamente con los recuerdos de la guerra y la muerte de compañeros argentinos.
Su mirada busca correrse de la lógica exclusivamente confrontativa y plantea una salida política negociada después de décadas sin avances concretos.
Sin embargo, en Tierra del Fuego ese tipo de propuestas chocan con una memoria colectiva donde todavía pesa el sacrificio de los combatientes y la convicción histórica de que la soberanía argentina sobre Malvinas no puede negociarse.
La sensibilidad del tema es tan profunda que incluso declaraciones recientes del presidente Javier Milei sobre los isleños generaron fuertes rechazos políticos en Ushuaia y reavivaron el debate sobre la defensa de la soberanía nacional.
Aunque para muchos la propuesta pueda resultar inaceptable, también expone una pregunta incómoda que atraviesa hace décadas la política argentina: cómo avanzar en un conflicto congelado desde hace casi dos siglos y marcado por una guerra que dejó heridas abiertas.
El propio Diego sostiene que la situación actual tampoco beneficia plenamente al Reino Unido, que mantiene una fuerte presencia militar en las islas y un conflicto diplomático permanente con Argentina.
Su idea de una provincia autónoma con soberanía compartida recuerda incluso viejos intentos diplomáticos de administración conjunta que existieron antes de la guerra de 1982 y que nunca prosperaron políticamente.
En Tierra del Fuego, donde la causa Malvinas forma parte del ADN político y social, el debate seguramente seguirá despertando posiciones encontradas.
Para algunos, propuestas como la de Diego representan una renuncia parcial al reclamo histórico argentino. Para otros, pueden interpretarse como un intento de encontrar una salida política después de décadas de estancamiento.
Lo cierto es que el planteo del veterano volvió a poner sobre la mesa una discusión que en Argentina nunca termina de cerrarse: cómo sostener el reclamo soberano sin resignar memoria, identidad ni futuro.