miércoles 10 de junio de 2026 - Edición Nº2744

Generales | 9 jun 2026

Trabajar ya no alcanza

Rebusque: 7 de cada 10 trabajadores no cubren la canasta básica y aumenta el pluriempleo

Tener trabajo dejó de ser garantía de bienestar. Cada vez más argentinos suman empleos, extienden sus jornadas y resignan tiempo con sus familias porque un solo sueldo ya no alcanza para llegar a fin de mes.


Hubo una época en la Argentina en la que conseguir trabajo significaba mucho más que obtener un ingreso. Representaba estabilidad, la posibilidad de proyectar una vida, acceder a una vivienda, sostener una familia y pensar en el futuro.

Hoy esa ecuación parece haber estallado.

La nueva realidad económica muestra una paradoja tan dolorosa como alarmante: millones de argentinos trabajan todos los días y aun así son pobres.

El fenómeno ya no se limita a los sectores informales o a quienes están desempleados. Ahora alcanza a trabajadores registrados, empleados públicos, docentes, empleados de comercio, profesionales, técnicos e incluso a quienes ocupan puestos históricamente considerados estables.

Según un reciente estudio del Grupo de Estudios en Desigualdad y Movilidad Social de la Universidad de Buenos Aires, el 71,1% de las personas ocupadas percibe ingresos por debajo de la Canasta Básica Total. En otras palabras, siete de cada diez trabajadores no generan ingresos suficientes para sostener un hogar tipo por encima de la línea de pobreza.

La cifra es todavía más impactante porque rompe uno de los pilares históricos de la movilidad social argentina: el trabajo como herramienta para salir adelante.

La generación que vive para trabajar

La consecuencia más visible de este deterioro es el crecimiento sostenido del pluriempleo.

Cada vez son más los argentinos que salen de un trabajo para ingresar a otro.

Docentes que trabajan en tres establecimientos.

Empleados públicos que manejan aplicaciones de transporte por las noches.

Trabajadores industriales que realizan changas durante los fines de semana.

Profesionales que complementan sus ingresos con tareas independientes.

Jubilados que vuelven al mercado laboral porque sus haberes ya no alcanzan.

Detrás de cada caso aparece la misma explicación: el salario perdió la carrera contra los precios.

El último dato oficial muestra que el 12,2% de los trabajadores tiene más de un empleo. Sin embargo, especialistas sostienen que la cifra real podría ser mucho mayor si se contabilizan actividades informales, trabajos ocasionales y tareas realizadas a través de plataformas digitales.

Ya no se trabaja más para progresar.

Se trabaja más para no caer.

El costo invisible: menos vida y más agotamiento

La otra consecuencia es menos visible en las estadísticas, pero profundamente palpable en la vida cotidiana.

El tiempo libre se convirtió en un lujo.

Las jornadas laborales se extienden.

Las horas de descanso disminuyen.

Las actividades recreativas desaparecen.

Los encuentros familiares se postergan.

Las vacaciones se transforman en un objetivo cada vez más lejano.

Para miles de trabajadores, la rutina ya no se organiza alrededor de la vida personal, sino de la necesidad permanente de generar ingresos.

La pregunta cotidiana dejó de ser qué hacer con el tiempo libre.

Ahora es cómo conseguir algunas horas más de trabajo.

El derrumbe del empleo de calidad

La crisis no se explica únicamente por la pérdida del poder adquisitivo.

También responde a una transformación profunda del mercado laboral.

En los últimos dos años se destruyeron más de 253 mil puestos asalariados formales.

Al mismo tiempo crecieron cerca de 288 mil ocupaciones vinculadas al cuentapropismo y actividades precarias.

No se trata de nuevos empleos generados por una economía en expansión.

Se trata de personas que inventan formas de subsistencia para reemplazar trabajos perdidos.

La diferencia es enorme.

Un empleo formal suele incluir aportes jubilatorios, obra social, vacaciones pagas, aguinaldo y cierta previsibilidad.

El autoempleo precario, en cambio, depende exclusivamente de cuántas horas pueda trabajar una persona y de cuánto esté dispuesto a pagar el mercado por esa tarea.

La estabilidad es reemplazada por incertidumbre.

Los jóvenes y los jubilados: los más golpeados

Los extremos de la pirámide etaria muestran los síntomas más preocupantes.

Más de la mitad de los desocupados del país tiene menos de 30 años.

Muchos logran insertarse laboralmente, pero lo hacen en empleos informales, temporarios o de bajos ingresos.

Al mismo tiempo crece la cantidad de jubilados que vuelven a trabajar.

No porque quieran mantenerse activos.

Porque necesitan completar ingresos para poder sostener gastos básicos.

Es una postal que se repite en todo el país.

Jóvenes que no logran ingresar al mercado laboral formal.

Adultos que pierden empleos de calidad.

Jubilados obligados a seguir trabajando.

La pobreza de los que trabajan

Quizás el dato más inquietante sea que la pobreza ya no está asociada únicamente a la falta de empleo.

La pobreza avanza entre quienes sí trabajan.

Y eso representa un cambio estructural.

Porque cuando trabajar deja de garantizar una vida digna, el problema deja de ser exclusivamente económico.

Se transforma en una crisis social.

Una sociedad donde millones de personas trabajan más horas que nunca pero viven con más dificultades que antes es una sociedad donde el ascenso social comienza a convertirse en una excepción.

La Argentina enfrenta hoy una realidad incómoda: para una porción creciente de trabajadores, el desafío ya no es progresar.

El desafío es resistir.

Y mientras los ingresos sigan perdiendo contra el costo de vida, el pluriempleo seguirá creciendo, las jornadas serán cada vez más largas y el tiempo para vivir continuará siendo el recurso más escaso de todos.

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