El asado, uno de los rituales más argentinos, se está convirtiendo en un lujo para muchas familias fueguinas.
En Río Grande, el kilo de asado se consigue actualmente entre $22.000 y $26.000, mientras una costeleta vacuna puede alcanzar los $24.000. La diferencia con otras alternativas explica el cambio de hábitos: el kilo de pecho de cerdo ronda los $14.000 y la costeleta de cerdo unos $11.000.
La respuesta del consumidor es inmediata: se compra menos y se reemplaza la carne vacuna por opciones más económicas.
El dato que aportan los comerciantes es contundente. En algunas carnicerías pasaron de vender entre tres y cinco medias reses por semana a apenas una. El consumo cae porque el salario ya no alcanza para sostener los mismos hábitos de compra.
El fenómeno no es exclusivo de Tierra del Fuego. En los primeros siete meses de 2026, el consumo interno de carne vacuna cayó 12%, mientras el consumo por habitante bajó a 46,3 kilos anuales, casi 4,8 kilos menos que en 2025 y el nivel más bajo en más de dos décadas.
La paradoja es evidente: mientras las exportaciones de carne vacuna crecieron con fuerza, los argentinos comen cada vez menos carne.
En Tierra del Fuego, la situación se siente con especial intensidad. El aumento de los precios, sumado a la pérdida de poder adquisitivo, obliga a las familias a priorizar alimentos y gastos esenciales.
Ya no se trata solamente de elegir un corte más barato.
Para muchos fueguinos, la pregunta es si pueden darse el lujo de comprar carne.
Y cuando el asado desaparece de la mesa, también queda expuesta una realidad mucho más profunda: el bolsillo de las familias ya no alcanza para sostener costumbres que hasta hace poco parecían intocables.