lunes 02 de noviembre de 2026 - Edición Nº2889

Política | 2 nov 2026

Gestiones de cartón

Leones en la radio, gatitos en la mesa del poder

12:17 |Cansa escuchar siempre el mismo diagnóstico en boca de quienes se presentan como representantes de un sector castigado. La crisis exige resultados y explicaciones. La indignación para el micrófono y las sonrisas para la foto ya no alcanzan.


Hay quienes parecen tener dos voces. Una para salir por la radio y otra para sentarse frente al poder. En la primera, todo es desastre: el banco no responde, los gobiernos no escuchan, las decisiones nacionales destruyen la actividad y los comercios no aguantan más. En la segunda, abundan la cordialidad, la buena predisposición y las expectativas.

Entre una voz y la otra queda el comerciante, esperando saber qué consiguió.

Son leones cuando el funcionario está lejos y gatitos cuando les arriman una silla.

El libreto ya lo conocemos. Caen las ventas, aumentan los costos, se acumulan las deudas. Hay que hacer algo. Hace falta una reunión. Se necesita una mesa de trabajo. Después de la mesa vendrá otra convocatoria y, con suerte, un comunicado que anuncie la importancia de seguir conversando.

Mientras tanto, el alquiler vence. El proveedor reclama. Los sueldos hay que pagarlos.

La deuda corre por la escalera y las respuestas siguen esperando el ascensor.

Lo que irrita es esa facilidad para pasar del reproche al elogio sin explicar qué cambió en el medio. Si ayer el banco era una pared, cuenten qué puerta abrieron. Si ayer los funcionarios ignoraban al sector, expliquen qué compromiso les arrancaron. Si ayer las políticas nacionales eran una amenaza, digan qué respuesta obtuvieron de sus representantes.

Porque sentarse frente a un funcionario también implica hacerle preguntas incómodas y volver con respuestas que puedan conocerse.

Después de tanta bronca al aire, corresponde mostrar firmeza en la mesa.

Hay una dirigencia que corre el riesgo de convertirse en comentarista de la desgracia ajena. Describe la tormenta, señala las goteras y explica que el agua sigue subiendo. El comerciante, con el balde en la mano, necesita que alguien se ocupe del techo.

Repetir el diagnóstico puede servir durante un tiempo. Después empieza a sonar a excusa.

¿Cuántas veces se puede anunciar que la situación es insostenible y presentar como avance una nueva conversación? ¿Cuánto tiempo se puede pedir paciencia desde una mesa donde siempre hay lugar para otra foto?

Los negocios no tienen una prórroga por cada encuentro institucional.

También cansan los comunicados escritos para que todos queden bien. El visitante escuchó. Los anfitriones agradecieron. Se intercambiaron inquietudes. Se acordó continuar trabajando. Una redacción impecable para que nadie pueda encontrar una obligación concreta.

En la última gacetilla bancaria, el repertorio vuelve a aparecer: analizar la situación, avanzar en alternativas, conformar una mesa, realizar simulaciones y mantener una agenda permanente. Todo parece moverse dentro del comunicado. Afuera, cada día de espera tiene intereses.

¿Hasta cuándo van a seguir analizando al que se está fundiendo?

El comunicado enumera bajas de tasas, refinanciaciones y líneas vigentes, y menciona una licitación de $6.000 millones para ampliar los recursos del crédito hipotecario. Cada anuncio exige un balance: cuántos solicitaron asistencia, cuántos fueron aprobados, cuánto dinero se desembolsó y cuántos quedaron afuera. También, a qué tasa final, con qué garantías y con qué cuota. Quien necesita ayuda tiene que poder saber si esas herramientas están a su alcance.

Para los trabajadores del volante, el propio texto habla de avanzar en la activación de líneas, habilitar créditos, evaluar propuestas y realizar simulaciones técnicas. Corresponde ajustar las condiciones a la capacidad de pago del sector. También corresponde explicar cuándo podrá acceder a esa asistencia: la gacetilla no fija una fecha ni informa cuántos trabajadores ya recibieron el dinero.

El mecánico no cobra con una simulación técnica. Y el proveedor no acepta una agenda de trabajo como pago.

Quienes se sientan a representar al sector deberían salir de esas reuniones con esas precisiones. Agradecer la escucha puede llevar un minuto. Conseguir una respuesta útil y sostener el reclamo hasta que se cumpla es el trabajo por el que deben rendir cuentas.

Faltan los datos que importan: qué se pidió, qué se aceptó, cuándo se aplica y cuántos pueden acceder. Y, cuando hubo una negativa, quién la dio y con qué argumento.

La representación se demuestra también ahí, cuando toca contar que una reunión salió mal, que una promesa se incumplió o que una herramienta anunciada deja afuera al que más necesita ayuda.

La independencia tiene que durar más que el trayecto entre la radio y el despacho.

Con los fondos productivos, las líneas de asistencia y las oportunidades de inversión hace falta la misma claridad. Información abierta, requisitos conocidos y seguimiento público. Que cualquier comerciante pueda entender cómo se accede, sin depender de conocer a alguien que conozca a otro.

Y con los viajes y congresos, un balance. Qué fueron a buscar, qué trajeron y qué puede aprovechar el sector. La valija puede volver cargada de folletos; la gestión debe volver con algo que sirva.

Las gestiones con entidades del exterior merecen el mismo examen. La propia gacetilla afirma que se avanzó “muchísimo”, pero todavía expresa la expectativa de que ese trabajo empiece a dar resultados concretos. El entusiasmo tiene dueño; la espera la paga el que necesita crédito.

Si avanzaron tanto, muestren hasta dónde llegó la plata.

Qué acuerdos firmaron, con qué entidades, por qué montos, a qué tasas y desde cuándo estarán disponibles esos recursos. Y, si hubo viajes y comitivas, cuánto costaron, quiénes fueron y qué obtuvo la provincia a cambio. Cada funcionario que participa tiene una tarea que explicar y un resultado por el que responder.

La foto del regreso no es un comprobante de desembolso.

Hablar en nombre de otros da visibilidad, abre puertas y permite ocupar lugares. También obliga a rendir cuentas. Quien disfruta de la representación tiene que hacerse cargo de esa exigencia.

Porque detrás del mostrador hay gente que ya agotó la paciencia. Gente que pone ahorros, posterga ingresos propios y hace malabares para sostener empleados. A esa gente le deben algo más que otra descripción dramática de lo que vive todos los días.

Basta de zaraza institucional. Una visita al despacho, una presentación de indicadores y una promesa para el corto plazo no pueden convertirse en un salvoconducto para dejar de dar explicaciones. Si la ayuda existe, tiene que poder verse en las cuentas del que la necesita.

Basta de administrar la bronca con un micrófono y disolverla en un café.

Si consiguieron algo, muéstrenlo. Si les mintieron, díganlo. Si les cerraron la puerta, señálenlo. Si la respuesta fue insuficiente, sostengan el reclamo después de la foto.

El comerciante necesita saber quién lleva su problema hasta el final y quién apenas lo lleva hasta la próxima entrevista.

Porque el aplauso dura un momento. Las deudas quedan sobre el mostrador.

Y al que le quepa el poncho, que se lo ponga.

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